El due day

enero 20, 2013

due Afuera el termómetro marca -2 grados pero yo por dentro siento más frío; la vergüenza me da frío, me congela. Así estoy desde ayer.
El sábado en la noche mi esposa y yo asistimos al llamado de una pareja de amigos que celebraban sus cumpleaños. Ellos, buenos y generosos, habían sido nuestros vecinos durante poco tiempo pero suficiente para lograr una sintonía más que cordial. Nos citaron, como a todos sus amigos, en un pub muy cerca de su nueva casa y algo lejos de la nuestra. Excepto ellos, sus invitados -más de treinta según mi cálculo sin usar los dedos- nos eran totalmente desconocidos. Mi esposa, algo inquieta, me preguntó si debíamos mezclarnos entre la pequeña multitud, presentarnos como los viejos vecinos y empezar una conversación. Sin embargo, nos quedamos más de veinte minutos hablando entre nosotros sobre las cuentas a pagar, el clima, el menú de la siguiente semana, de vacaciones, de niños.

Sin darnos cuenta y en nuestra segunda pinta de cerveza, ya estamos rodeados por el co-dueño del santo y algunos amigos suyos con quienes discutíamos sobre comida internacional, del clima y de lo que hacíamos cada uno para sobrevivir en esta ciudad costosa. Perdimos, claro está, la vergüenza de socializar y poco a poco nuestro grupo fue creciendo en asistentes y cervezas que nos invitaban e invitábamos también. Entre ellos me llamó la atención un Pete Doherty; alto, con la cabeza y la mirada desordenada, cubierto con una gabardina impermeable y una chalina gruesa que le cruzaba el cuello como una boa constrictor dormida. Pero no estaba solo. Pete llegó con su novia o su esposa -no me quedó claro- embarazada. Ella, mucho más pequeña que él y sin un look de estrella rock, llevaba un vestido largo y floreado que evidenciaba su maternidad de, por ponerle fecha, cinco meses. En lugar de alcohol, se divertía la vida tomando agua tónica con limón y conversando amenamente con mi esposa. Hasta ese momento no supe los pormenores de la conversación pero conociendo a mi chica imaginé que se trataba del bebé. Por mi parte, seguí compartiendo el rato con otros excepto con Pete, quien seguía sin desabrigarse en un lugar que se ponía cada vez más caluroso. Al aterrizar en la barra me encontré con la co-dueña del cumpleaños y me presentó a Pete. Trabajamos juntos bla bla bla, era mi vecino bla bla bla. Cuando nos quedamos solos le pregunté, con media sonrisa, cuándo era el due day (día de parto). Visiblemente consternado me miró a los ojos, luego a los lados, luego a la nada. Tomó un sorbo largo de su cerveza, se acomodó la serpiente de lana y me respondió que no lo sabía. Luego siguió hablando pero no le entendí; tenía un inglés difícil o yo un oído que no tenía muchas ganas de escuchar. Nos dijimos algo, o creímos decirnos algo, y sin hablar nos pusimos a mirar a todos desde la barra. De repente llegaron las chicas rescatándome de ese largo e incómodo silencio. Mi esposa le preguntó algo a Pete y yo, con la misma media sonrisa, le pregunté a la chica embarazada por qué no sabía cuándo era el due day. Mi esposa, con la mirada y con la voz, irrumpió agresivamente en la conversación: “¿Qué quieres decir? Estás hablando de su doctorado, ¿no?”. De ahí todo fue muy confuso. Me sentí como Frodo con el anillo en el dedo, viendo sombras, viendo nublado. “Sí claro”, le dije, “¿de qué más podría estar hablando?”. Me doy miedo cuando hago estas cosas, cuando mi rostro pierde sangre pero gana una hipocresía verosímil digna de un psicópata al negar ante un juez sus travesuras. Me disculpé si llegaron a pensar que estaba hablando sobre un embarazo y acusé a mi terrible inglés por la confusión. Agregué que yo, no sé por qué, llamé también due day al día de entrega de mi tesis y desde entonces me había quedado con esa pésima interpretación. Ambos aceptaron mis disculpas y se despidieron amablemente. En la barra, solos con mi vergüenza tocando el contrabajo, le confesé a mi esposa lo que realmente creí y lo convencido que estuve al creer de que esa mujer escondía algo más que falta de ejercicio debajo de ese vestido primaveral. Ella me abrazó y me felicitó por mi cinismo histriónico, por el excelente trabajo que hizo mi lado farsante porque todo fue, según ella, muy convincente.

Hoy por la mañana, entre el frío y la resaca, traté de olvidar la noche anterior y sus anécdotas pero no pude. Con una vergüenza que incomoda por sus escalofríos a niveles de contracciones, recordé que a Pete le pregunté también: “¿Qué te gustaría más, hombre o mujer?”.

El vampiro

enero 6, 2013

dracula En la puerta del restaurante el reloj de pulsera de él marcó con exactitud las diez de la noche. Él y ella habían tenido una cena fuera de lo común; con lo cara que estaba la ciudad por sus inflaciones de precios y sus desinflaciones de bolsillo, ambos pudieron, sin culpa ni sollozos, disfrutar de entrada, segundo y postre, copa de vino y vaso de agua del caño por un precio irrelevante para su economía semanal. A treinta metros del restaurante y veinte de la estación de tren, un tétrico susto lo inhabilitó a él de todo movimiento. Ella, agarrada de su brazo estático, le preguntó qué le pasaba. Él, haciendo un esfuerzo sobrenatural, levantó su mano mojada y le señaló la cabina telefónica. Adentro había un anciano tan paralizado como él pero con la terrorífica particularidad de tener los ojos cerrados. A ella le dio miedo. A él le dio hipo.

La lluvia, cada vez más densa, sonaba a carne friéndose. Cuando sus piernas pudieron responder ordenes, aceleraron el paso hacia la estación por la exageración del agua o del miedo. En buen recaudo, se preguntaron qué había sido eso, o él, o eso. Él, con el hipo que le inflaba las palabras, le dijo a ella que seguramente era un viejo sin techo, que había buscado un lugar donde cubrirse y ya. Ella no se confió de esa teoría ociosa y le dijo que por lo poco que pudo ver en su apariencia, el anciano no clasificaba como mendigo. Ella volvió a coger el brazo de él y caminaron de regreso hacia la cabina telefónica. Adentro aún yacía verticalmente el anciano como un vampiro urbano. Cuando ella abrió la puerta de la cabina el viejo abrió los ojos como si le hubieran clavado una estaca en el corazón. De repente empezó a caminar zigzagueando, con la vista en sus zapatos limpios y sin rumbo aparente, pero intentando sacarse a la pareja de encima.
¿Y si está perdido?, preguntó ella al drama, ofreciendo además una historia que, de ser cierta, podría haberle otorgado a su buena acción el título de bendita: “posiblemente es un anciano que se perdió y su familia lo está buscando desde hace días. ¿Imagínate si tiene Alzheimer? Pobre hombre…seguramente no ha comido nada. Acuérdate de tu abuela. Tu abuela tiene Alzheimer pero está calentita y bien comida en su cama”.
Ella, más que conmoverlo a él, lo aturdió. Decidieron preguntarle al encargado de la estación si podía ir a ayudar a ese anciano. El hombre respondió que ahora no podía porque estaba solo y por seguridad (de mantener su empleo seguramente) no podía moverse de ahí. Tal vez es un mendigo, dijo el trabajador bajándole la dosis de importancia a la situación. Esto sulfuró profundamente a ella, quien tuvo que ser agarrada del brazo por él porque casi se va encima del trabajador para cobrar venganza por los mendigos del mundo.
¿Y si llamamos a la policía, hip?, preguntó él. Lo dijo sin querer, sigue creyendo o convenciéndose que lo hizo sin querer. Era una idea extraordinaria porque, según ella, la policía podría ayudar a ese anciano perdido en cuerpo y mente a encontrar su rumbo y su familia. Él creyó que sería el elegido para iniciar la conversación con la policía pero ella pensó que su palpitante hipo podría entrecortar la comunicación. Ella se presentó con su nombre y le informó a la policía-operadora lo que estaba sucediendo con ese anciano perdido en una cabina telefónica. Ella le dio las coordenadas y las gracias, y colgó. Minutos después y desde el ingreso de la estación, vieron llegar a un auto policial con cuatro oficiales y conversar pacíficamente con el anciano. A él le dieron ganas de decirle estoy orgulloso de ti pero al ver su rostro iluminado de satisfacción solo atinó en llevarla del brazo al interior de la estación rumbo a casa, empapados.

Tres noches después durante la cena él preguntó, y se sigue preguntando por qué lo hizo, qué habrá pasado con el anciano. Ella sacó el teléfono y su curiosidad, y marcó el mismo número digitado para ayudar al hombre perdido o al vampiro jubilado como él lo llamó. Ella se identificó y preguntó por la razón de un hombre anciano perdido y desvalido, socorrido por la policía hace tres noches cerca de la estación. Esta vez un operador-policía con una voz firme pero amigable le dio las gracias y añadió que por su correcta intervención ciudadana habían podido identificar al hombre e iniciar el papeleo para su correspondiente e inmediata deportación por vivir en el país, desde hace muchos años, como ilegal.

¿Dónde está Stuart Walsh?

noviembre 18, 2012

Todo empezó con un click; ese sonido seco que hacen los broches de plástico cuando se cierran. Fue en Hampstead Heath, un parque inacabable pintado de verde en la zona norte de Londres, donde papá y mamá Walsh engancharon por primera vez en el pequeño cuerpo de su hijo Stuart un colorido arnés con correa para no perder al niño de vista, para que no se pierda, “para que no se nos pierda”. El pequeño Stuart había aprendido pocas semanas atrás a sostenerse en sus dos temblorosas y diminutas piernas, así que confinarlo a una correa al caminar fue la decisión más sensata para sus padres en este momento de aprendizaje infantil. Y sí que Stuart aprendió.
Desde el preciso instante en el que sus papás los sostuvieron a distancia con la bendita correa, Stuart inmediatamente empezó a caminar correctamente con sus dos pies, pero además con sus dos manos pegadas al suelo. De pronto, y con el pañal entre sus piernas, alzaba su pierna derecha cuando un árbol se cruzaba en su camino. Para los Walsh esto no fue nada raro. “Con tal que no se nos vaya”, comentó papá Walsh a su esposa mientras en el parque Stuart perseguía sus nalgas a toda velocidad. Ese click definitivamente le cambió la vida al pequeño niño pelirrojo.
Con el tiempo las cosas también fueron cambiando en casa de los Walsh. Stuart ya no quería dormir en su cama porque prefería pasar las noches y las tardes de siesta en una caja de cartón, en donde además tenía una manta llena de pelo y algunos juguetes marcados con la furia de sus dientes. Dejó de llorar por comida. En lugar de eso, emitía un aullido que los papás, luego de algunas semanas, tradujeron en hambre y no en un juego de lobos. Sacaba la lengua cuando tenía sed y tomaba agua del water para ahogar esta necesidad. El gato Martin de pronto desapareció, el jardín estaba lleno de huecos y luego de varias semanas de ensayos intensivos junto a papá, Stuart logró levantar la mano izquierda en señal de saludo u obediencia frente a sus amigotes.

Fue alentador cómo el niño creció desde que le pusieron ese arnés. Desde entonces, su capacidad de desarrollo se incrementó, o mejor dicho, se multiplicó por siete. Stuart ya no parecía un niño de dos años sino de catorce con sus inquietudes de adolescente que no contaremos aquí para resguardar su privacidad. Papá y mamá Walsh estaban orgullosos de su hijo: un muchacho grande, ágil, viril, y claro, fiel. Características suficientes para dejarlo solo en el jardín de la casa sin arnés. Stuart no se había percatado de ello hasta que se paró lentamente para perseguir a una paloma. Ahora nada lo ataba. Nadie estaba detrás de él con una correa de nylon. Nada y todo: nada para perder, todo para conocer.

Los Walsh buscaron a Stuart durante días y noches por todo Londres. En su desesperación por encontrar a su hijo, pusieron carteles con la cara del pequeño Stuart con un hueso de hule entre sus dientes y con el arnés amarrado a su cuerpo en cada poste de la ciudad. Además, no escatimaron en sospechar de los vecinos, conocidos en el vecindario por intentar sin éxito tener hijos. “¡Ellos no tienen ni perro, arréstelos!”, gritó mamá Walsh cuando la policía entró a la casa de los Davis con una orden judicial en busca del niño. Los Walsh y su conmovedor caso llegaron hasta la BBC, donde Susanna Reid y Bill Turbull, presentadores del BBC Breakfast, escucharon sus suplicas y les prometieron empezar una campaña especial para encontrar a Stuart. Mamá Walsh, con la foto de su hijo con un hueso y un arnés se convirtió durante meses en la portada de todos los diarios del país.

Lamentablemente para los Walsh los meses se convirtieron en un año, y las esperanzas de encontrar a Stuart se secaban con cada lágrima de ambos. Mamá Walsh, desde que Stuart partió, visitó casi a diario Hampstead Heath con arnés en mano, silbando y gritando ¡Stuart, Stuart! con la ilusión de que su único hijo regresase hacia ella corriendo en slow motion, con su lengua afuera y estirada por el viento, con sus ojos brillantes, con su cabello rojo mate como un pequeño zorro. Pero ese día solo llegó en sus sueños, que se volvieron pesadillas cuando se daba cuenta que era media noche y se encontraba en la cama a oscuras junto a su esposo. Algunos meses después, los Walsh decidieron darse una segunda oportunidad; tener otro bebé. Pero esta vez se prometieron no atarlo bajo ninguna circunstancia con el dichoso arnés para que el niño no se vaya.

La metamorfosis

octubre 11, 2012

Esa tarde de domingo era ideal para gastarla en el parque. La idea no fue mía sino de una pareja de amigos que vivían cerca del tan cool London Fields. Mientras intentaba sin éxito escribir las líneas iniciales de un nuevo cuento, recibí su mensaje: SUN, LET’S GO TO THE PARK. –Suficiente-, pensé. Sol y parque no se conjugan muy seguido por aquí. Fresco de ropas, salí de casa haciendo una parada rápida en la bodega de la esquina para comprar algunas cervezas frías. De veras, el sol era un lunar brillante e inmenso en un aún más inmenso cielo serrano. Qué más excusa necesitaba para no quedarme en casa adormecido en un silla incómoda, intentando escribir una historia que ni siquiera tenía en la cabeza.

Subí al overground y me senté en el primer asiento vacío que encontré. Me gusta ese sistema de tren: amplio, moderno, y que no tiene la necesidad de hundirse debajo de la tierra para ser más eficiente. Junto conmigo, algunas personas también parecían tener la misma intención de tender sus toallas sobre el pasto seco. Además de bolsos grandes y coloridos, canastas de picnic, raquetas, pelotas, frisbees y un intenso olor a bronceador que a mi me manda a la playa, también revelaban alegría y mucha vida. Excepto el hombre que estaba sentado a mi lado: olía a muerto. Mientras leía el periódico que había encontrado en mi asiento, no pude dejar de pensar cómo alguien tenía la capacidad de estar borracho a las once y media de la mañana de un domingo tan sobrio. Su intenso tufo destilado no me permitió voltear mi cabeza hacia la izquierda y descubrir, al menos, el rostro del desdichado. Me llené de valor y de aire en los pulmones, y giré rápidamente: mamita linda, era Franz Kafka. Bien vestido en traje y chaleco de lino gris, con un sobrero descansando sobre sus rodillas, con sus orejas exageradas de ratón y su tan literario peinado de libro abierto, Herr Kafka me hizo toser con un “Buenos días”. No supe qué responder de la impresión, del susto, de la sorpresa. Corregí mi mirada cerrando y abriendo los ojos un par de veces para saber si así se iba el oloroso holograma. Miré también por la ventana y reflejado en ella, estaba aún el escritor en su mejor acto de metamorfosis: de muerto a borracho.

-¿Cómo te va?-, me preguntó como si me conociera desde hace mucho. –Bien-, contesté casi en silencio. –Mi libro va bien-, añadí. Asumí que él lo sabía. Si Franz Kafka estaba sentado a mi lado en un tren en Londres en el año 2012, entonces conocía perfectamente que yo estaba en el difícil proceso de terminar un libro de cuentos que se escribía lento y accidentado, como un alcohólico subiendo las escaleras. –Pues me da mucho gusto-, respondió con su aliento a morgue. –¿Qué haces aquí entonces?, agregó. ¿Por qué no estás escribiendo?-. Me dio vergüenza mirarlo a los ojos y bajé la vista encontrándome con su sombrero. Aún faltaban tres estaciones para llegar a mi destino y las cervezas se calentaban. –Ese libro no se va a escribir solo-, me despidió antes de bajarme en la siguiente estación. Quise decirle gracias, pero creí que hubiera sido una redundancia luego de dejarle mis cervezas.

En casa, después de excusarme con mis amigos acusando unos mareos repentinos, me puse a escribir con una energía que mis textos nunca antes habían experimentado. En mi descanso, me metí a internet a buscar fotos de Kafka. Encontré fotos de él, claro, pero también una noticia que alegró a mi salud mental: Franz Kafka fue abstemio.

Londres con sol

septiembre 4, 2012

Londres con sol no es Londres. Es una ciudad encantada y encantadora, alegre, amable, con gente alegre y amable que sonríe hasta para darle instrucciones a los turistas despistados. Londres con sol es una bella mentira que hay que creer para disfrutar.

En el Londres con sol los niños con sus gritos de juego disipan esa niebla con la que Sir Arthur Conan Doyle decoró las aventuras del caballero Sherlock y su querido Sancho Panza elemental. El Támesis -que tiene en su curvatura esa gran sonrisa que nos interpreta su loca felicidad- deja de ser vinagre como el que usan los británicos para sazonar sus papas fritas, y se convierte en un río refrescante y provocador.
En el Londres con sol los turistas colman un lunes por la tarde el malecón del lado sur, o el Southbank, trampa militar donde los artistas ambulantes los capturan intercambiando sus gracias por monedas de 50p para arriba y nunca para abajo. El London Eye, esa rueda de Chicago que no queda en Chicago sino en la capital del Reino Unido, es la trampa de turistas más grande de la isla y proclama su mejor vista de una parte de la ciudad en los veinte minutos de lento paseo circular por un precio eterno. En el Londres con sol los monumentos dorados brillan como el oro excepto la cruz opaca que se empina en la catedral de St Paul’s porque necesita una pulida con Brasso, sí, pero empezando duro con la mano. En el Londres con sol los botes recorren de Greenwich a Westminster de Westminster a Greenwich llenos de turistas que saludan –porque están felices y son turistas- a los peatones que cruzan por sus London Bridge, Tower Bridge, Millenium Bridge y más bridge por los siglos de los siglos hasta que no hay más río. En el Londres con sol los pubs hacen su mes llenando a indiscreción pintas de cerveza, cidra y jarras de Pimm’s, bebida de sello local frutada y peligrosa, como todo lo que tiene alcohol con fruta. En el Londres con sol las terrazas de los cafés se llenan porque también se puede tomar café frío y se llama frappuccino. En el Londres con sol las chicas salen -¡oh que salen! – inquietas modelando el trajecito de temporada que nunca fue de temporada porque esa temporada nunca existió, y los bicicleteros sacan pierna y orgullo mientras que los corredores meten barriga y vergüenza. En el Londres con sol el humor se vuelve amor y la gente se quiere más. En el Londres con sol los pájaros –y no las palomas, que son ratas voladoras en sol y sombra- cantan la traviata del día a coro como si fueran niños y de Viena. En el Londres con sol los museos son abandonados a su suerte –mala, porque tienen muy buena suerte cuando llueve- y los parques acogen a las pieles de todas las tonalidades para que eleven a un par de niveles su color.

El Londres con sol me recuerda al verano, a esa bella verdad que no hay que creer sino disfrutar.

La idea del siglo

abril 18, 2012

Era un día lluvioso pero para nada desalentador. Bajó rápidamente del bus y se dirigió fugaz, con libreta en mano, hacia su minúsculo departamento. El reloj de su celular marcaba casi las once de la mañana y ensayó una sonrisa nerviosa que lo acompañó durante las horas posteriores.

-Tengo todo un día para cambiarme la vida- afirmó confiada su emoción.

Lo primero que hizo cuando se sentó en la mesa del comedor fue volver a revisar, por décimo cuarta vez desde que lo esbozó, la inscripción BEBE A BORDO encerrada en un círculo. En casa y con el mismo lapicero azul, le dio volumen e intentó que su boceto de pin supere el trazo infantil de su concepción. La idea era simple y se le ocurrió cuando regresaba en tren a casa: emulando los avisos colocados en los autos advirtiendo la presencia de un pequeño niño en su interior, pensó, ¿por qué una mujer embarazada no podría lucir un pin con la misma inscripción y así evitar la embarazosa escena de pedir que algún insensible le ceda el asiento? Solo con ver el creativo botón enganchado en la vestimenta, el individuo sin corazón además de sonreír por la originalidad de la idea, se levantaría rápidamente invitando a la futura mamá a sentarse en su asiento. Todos felices, sí, y mi bolsillo lleno de felicidad también- afirmó su confiada emoción licenciada en marketing.

Realizar tan novedosa idea le costaría muy poco y le daría mucho según el vertiginoso business plan que diseñó en media hoja de papel A4. Llamó por teléfono a más de treinta proveedores de pines en Londres -¿por qué hay tanta gente haciendo pines?- y entre negociación y negociación, pudo cerrar un jugoso contrato con un indio lenguaraz –asumió su identificador auditivo de nacionalidad- que le ofreció un precio imbatible con la condición de producir cinco mil pines a la primera y que luego, dependiendo de cómo iba el negocio, podría hasta bajar el precio si él elevaba la producción de su original accesorio.

-Cinco mil pines aquí, allá, en este mercado, este otro, tienda de souvenirs uno, dos y tres, los conciertos de verano llevo tres más, la originalidad de la idea…trescientos por ciento de ganancia sólo en el primer lanzamiento- afirmó su confiada emoción de MBA.

Una llamada telefónica a un amigo abogado le permitió conseguir el nombre de la oficina de patentes y luego, vía internet, el número telefónico para comunicarse con ellos, contarles la idea y convertirse legalmente en el padre de un bebé que lo pondría a bordo de su sueño acaudalado. El reloj de su celular marcaba casi las seis de la tarde y se dio cuenta que no faltaba mucho para confesarle tan maravillosa idea a su esposa que en cualquier momento llegaría del trabajo. Su confiada emoción romántica le inspiró hacer algo especial para ese momento; momento en el que le propondría a su esposa abandonar su trabajo de vendedora y dedicarse de lleno a elegir un departamento nuevo con vista al Támesis. Con las pocas libras que tenía en el bolsillo –porque la primera inversión vendría de un préstamo bancario- compró una botella de vino en la tienda, un baguette y preparó pasta.

Cuando su esposa llegó encontró la casa sólo iluminada con velas, con el genio bañado, perfumado en jabón y brillante por su sonrisa. Ella le preguntó a qué se debía tanto cariño y él, abanderado sólo con su dibujito de lapicero azul en su libreta, le explicó emocionado su confiada idea. Su esposa no supo qué decir. Se paró de la silla, dio algunas vueltas por la pequeñísima sala con la cabeza mirando el suelo y la mano sobre su mentón. Él, nervioso, simplemente esperaba que ella abra la boca. Segundos después la mujer sacó su celular, y sin decir una palabra, Google Imágenes le mostró que existían doscientos noventa y seis resultados de búsqueda en diferentes tamaños, colores, idiomas y modelos de su –bueno, ya no tan su- original idea.

En ese triste instante quiso inventarse un aparato para que se lo trague la tierra pero se puso más triste cuando pensó que alguien ya lo había inventado.

El infectado

marzo 23, 2012

Hoy me he dado cuenta que me he contagiado. Aparentemente soy el portador de una enfermedad que nunca pensé tener y que solo veía con despreocupación cuando caminaba por las calles de esta ciudad infectada. Nunca me vacuné. Cuando entras al país tampoco te lo advierten ni en letras grandes ni chiquitas; y ésto para mi es más grave que la fiebre amarilla o de cualquier otro color. Para el gobierno no existe o no quiere darse cuenta, como yo al final. Ver a la gente que lo padece me parecía muy extraño al principio, pero luego de casi dos años de vivir aquí me lo tomo normal; ese ha sido el principal problema: la indiferencia. Eso de creer que está bien, no está nada bien. Eso de creer que es normal, no tiene que ser normal.

Seguramente este virus lo tengo en el cuerpo desde hace mucho tiempo pero recién hoy por la mañana he experimentado su único síntoma y lo he hecho con vergüenza al comienzo pero con paranoia en el transcurso de los minutos matinales. Como yo a los “infectados” al principio, alguien en el bus rumbo a mi casa no me quitó la mirada de encima. Era un niña de aproximadamente diez años que viajaba junto a su mamá pero era la pequeña la única que me miraba. Me observaba como se le observa a algo extraño, nuevo, algo que su corta experiencia no había registrado hasta entonces. Es posible que la niña me haya vigilado desde que entró al bus pero eso no lo puedo afirmar porque no la vi entrar. Recién me percaté de su evidente fijación cuando me empezó a mirar y continuar por alrededor de cinco incómodos minutos hasta que felizmente el bus habló y nos dijo que era la última parada. Cogí mis bolsas de mercado y salí después de la niña quien había convertido sus ojos en un par de imanes. Ella se fue hacia la derecha y yo hacia el otro lado. Aún sentía su miraba pese a que mis ojos le daban la espalda. Sin embargo, me la imaginaba caminando con su vestido primaveral de la mano de su mamá sin dejar de mirarme. Las pocas cuadras que me separaban de mi casa me obligaron a reflexionar sobre el porqué de la miraba incesante de la niña: mi ropa, mi peinado, mis lentes de sol, mi color de piel, mis compras, la música alta de un iPod que no usaba, el voluminoso libro que tenía entre mis manos pero cerrado, algo entre mis dientes. Ninguna de las anteriores, concluí intrigado.

En el ascensor subiendo hacia mi piso, encontré a una vecina a la que me había cruzado antes un par de veces; era una chica de mi edad, rubia y aparentemente amable. Me sonrió saludándome y le devolví el saludo de la misma manera. Sin embargo, la pregunta que me hizo a continuación fue la primera gran revelación de mi diagnóstico:

-¿Sí?

No supe qué responder a su duda. Me despedí de ella y salí rápidamente del ascensor rumbo a mi departamento. Tiré las bolsas al suelo, cogí el teléfono, me arrepentí y volví a dejarlo en su sitio.

-Carajo, ya empecé a hablar solo-.

Cuando Kimberly despertó la mañana siguiente y recordó lo que había ocurrido la noche anterior, primero sintió miedo. Miedo porque creyó que el tipo que conoció la noche anterior aún seguía en la puerta de su edificio gritando que por favor lo deje entrar.
Al bajar y abrir la puerta del edificio sintió, segundo, rabia.

La noche anterior, la noche de un sábado común en Londres había empezado así, común con un trago. Kimberly recibió la llamada de una amiga que le propuso tomar un par de tragos y nada más, como para hacer status de los chismes de la semana. Y así pasó, Kimberly agarró su cartera, se puso algo bonito como siempre y salió de su departamento hacia la casa de su amiga, quien la esperaba con lo necesario para sedar a un elefante ansioso sólo con gin & tonics. Llegaron los primeros chismes y con ellos los primeros tragos. Comentarios iban, más cócteles venían; hora y media después Kimberly aún pudo llevar la cuenta con los dedos: cinco. Hasta que el teléfono de su amiga sonó.

Sí, pero somos dos porque estoy con Kimberly, me amiga, ¿te acuerdas de ella? Aja, ¿y dónde dices que es? Chelsea. Ok, ¿pero no es un poco tarde para eso? Privada, mmm, podría ser divertido. Ok, ya estamos en camino.

Durante la llamada telefónica, Kimberly no dejó de endurecer su rostro en señal de desaprobación porque el plan era otro querida, le dijo soltando el primer hipo. Su amiga, sin embargo, solo aceptó la invitación porque estaba convencida de que Kimberly iba a ceder y a relajar sus gestos después de explicarle adonde exactamente iban.

Te acuerdas de ésta amiga que salía con uno de los militares amigos del príncipe William, ¿no? Bueno, aún salen. Y nos acaba de invitar a tomar unos tragos con ellos en Chelsea. Y no, no sé si va a estar el príncipe William.

A Kimberly, con sus cinco gin & tonic encima le pareció divertido, sí, aunque su esperanza de ver a un personaje de la realeza ahí y emborrachándose no pasaba por su cabeza mareada.
Cogieron un taxi y enrumbaron hacia una de las zonas más caras de la ciudad. Cuando encontraron la dirección descubrieron que era un hotel, muy bonito claro, pero donde asumieron que no servían tragos. Sin discutir con el taxista, pagaron y se dirigieron hacia la estancia donde un hombre mayor y bien vestido les preguntó amablemente en qué les podía ayudar. ¡Vamos al bar!, respondieron entusiastas los gin & tonics de Kimberly. Con una mirada incrédula, el hombre pidió a ambas señoritas que lo acompañaran. Él se dirigió al sótano del hotel, lugar escondido y aparentemente exclusivo para fiestas privadas. Al entrar por la puerta de éste lugar misterioso, semioscuro y con música estridente, la amiga fue rápidamente a saludar a los asistentes, mientras Kimberly y su borrachera distinguían a unas tres mujeres y aproximadamente siete hombres, todos ellos de porte militar. Mientras levantaba la mano haciendo un hola masivo, Kimberly aterrizó en la barra y le pidió un gin & tonic al barman. La música es horrible, pensó. A su lado, un chico un poco más alto que ella, rubio y no muy elegante le preguntó quién era. Kimberly, respondió ella rápidamente estirando la mano. William, devolvió él el saludo mientras Kimberly absorbía su gin & tonic en tiempo record:

Sí, ya sé.

William Arthur Philip Louis Windsor estaba frente a ella y ella ya no sabía ahora dónde estaba. Cuando se acordó que era un bar, le pidió al barman otro gin & tonic. Este trago, en lugar de cohibirla, la iluminó con desinterés; cuando él la sacó a bailar y ella le exigió que vamos, podía hacerlo mejor; cuando él y sus amigotes se sacaban las camisetas y le mostraban a ella sus pectorales y barras de abdominales, a lo que ella respondió que había visto mejores; o cuando uno de ellos se le acercó demasiado y ella lo alejó con su silencio. El príncipe William, para Kimberly, fue un principe encantador -y casado- de conversación simpática e interesante que desapareció de pronto entre gin & tonics y canciones militares a coro en aquel bar subterráneo. Lamentablemente, quien no se hizo humo fue uno de sus colegas de armas. Cuando los gin & tonics le propusieron a Kimberly regresar a casa, él fue detrás de ella pidiéndole que salieran a hacer otra cosa, un trago, más baile. Kimberly se dio cuenta que el amigo no caía en negativas y su positivismo ya era irrespetuoso. Al salir él le propuso dejarla en su casa mientras detenía un taxi. El taxista, de ua manera sospechosa, le pidió a ella que suba al auto por favor. Si he estado en una fiesta con el futuro rey es posible que éste taxista sea de Scotland Yard ¿no?, calculó ágil su octavo gin & tonic seguramente. En el auto, el obstinado sujeto insistió en quedarse en su casa, en su sofá, en el suelo. Kimberly ya no encontró manera pedagógica para explicarle que vivía en un estudio y que no tenía ni casa, ni sofá y ni el mínimo espacio en el suelo para que una persona superior al metro setenta pudiera estirarse con comodidad.
Cuando llegaron a la puerta de su edificio, Kimberly descubrió que el taxista no era del servicio secreto inglés ni mucho menos el próximo James Bond por la desproporcionada tarifa que le cobró por viajar en su auto maloliente, lo que la obligó a sacar dinero de un cajero automático a pocos pasos de ahí. Sin un real en el bolsillo, su compañero de travesía tuvo que bajar del taxi y observar a Kimberly cerrando violentamente la puerta en su cara.
Mientras ella se despintaba la cara, se lavaba los dientes y se metía a la cama, el tipo tocaba la puerta sin cesar y sin vergüenza, repitiendo su nombre y rogando que lo deje entrar.
Al despertar la mañana siguiente, sólo escuchó el ruido habitual de una domingo por la mañana. Bajó a recoger el periódico, abrió la puerta de su edificio y encontró un papel con un número telefónico y un mensaje:

Kimberly llámame.
William.

“Se llama matrimonio de conveniencia a un matrimonio de personas que no se convienen en lo absoluto”, Oscar Wilde.

El viaje Lima-Londres no es un viaje corto. Peor aún, es sumamente largo para cualquier hermano Latinoamericano, para un amigo suda –para decirlo bonito-, para un sospechoso común de un crimen que seguramente no cometió ni cometerá. El vuelo IB 3166 de Iberia me dejó en la capital británica después de casi 20 horas de aviones y aeropuertos; de maletas, maletitas, maletotas; de perfumes y revistas Duty Free; de comida que a 10 mil pies de altura baja más lenta; y por supuesto, de policías y ojos que solo miran sospecha y buscan condenada.

Al bajar del avión un pequeño cartel me soplaba, buena gente, que las colas en migraciones serían más largas porque la justicia, ahora más que ciega, había adquirido el talento de abrir más los párpados para detectar pasaportes y visas falsas. Aptitud para detectar sí, pero no para disminuir el tiempo de los pasajeros en una cola de cuatro aviones provenientes –asumo yo por mis prejuicios- de Asia, Europa del Este y América de Sur. No había formula para sortear una cola de esa magnitud; pasaporte europeo no tenía y diplomático, mucho menos. Viejito o convaleciente no estaba pero mi cuerpo de veterano veinteañero era sólo la cáscara de un sufrido anciano que por dentro estaba a punto de desmayarse. Isabel, con quien compartía épico éxodo, no tuvo mejor idea que continuar la lectura de un libro que la mantenía distraída y de buen humor. Yo, en cambio, no tengo su capacidad de lectura en procesión y decidí simplemente mirar cómo la cola, lenta y bulliciosa, avanzaba convenciéndome en cada paso de que ya estábamos en tierra firme. La zigzagueante peregrinación duró 45 minutos, 2700 segundos exactos. Nunca tan precisos, nunca tan ingleses.

Luego de darle las buenas noches al querido oficial de migración, continué con mi guindísimo pasaporte peruano avalado por la Comunidad Andina y el guindísimo pasaporte inglés de mi compañera acreditado por Dios Todopoderoso. A ella, claro está, le tomó escasos segundos resolver el trámite, mientras que el celoso guardián de suelo británico me miró a los ojos disparando a quema ropa:

¿Qué has hecho el 4 de octubre?

¿Juat?, respondí frenético en perfecto inglés. No sabía, por supuesto, de qué estaba ladrando el cancerbero. Separó mi pasaporte del de mi ahora conveniente esposa y le explicó calidamente que si le provocaba, podía marcharse y dejar a su marido solo mientras que ellos se lo comían degustando de la popular Peruvian Cuisine. Isabel no aceptó y me acompañó mientras que el guardia, muy correcto a pesar de sus sospechas, retenía mi pasaporte, me regalaba una papeleta justificando la retención y nos invitaba a sentarnos en el purgatorio de los inmigrantes. ¿Qué he hecho el 4 de octubre?, le pregunté a Isa, a mi, al universo. No lo recordaba. Problemas con migraciones no había tenido puesto que no había salido del país desde comienzos de septiembre y tan solo por algunos días. Recordar en qué lío uno se ha metido es muy difícil cuando te despojan de tu único registro de identidad en un país que si bien te adoptó por un rato, nunca será tuyo. Y eso los oficiales de migración te lo recuerdan cada vez que pueden. ¿Drogas?, ¿alcohol?, ¿no pagar en el bus, en el tren?, ¿labor ilegal?, ¿juntarme con gente de mal vivir? De todas estas alternativas no recordaba que la policía me haya detenido o siquiera visto practicarlas. La única oportunidad en la que tuve algún dialogo medianamente extenso con la ley fue cuando, vergonzosamente, me obsequiaron una papeleta-souvenir por manejar bici en la vereda. Minutos después y mientras esperábamos la llegada del uniformado, resolvimos que todo se trataría de un error, de una confusión, de un molesto caso de homonimia. Veinte minutos después, el oficial se acercó hacia nosotros y nos dio el veredicto: “Tienes una denuncia por sospecha de matrimonio por conveniencia”. Miré a Isabel rápidamente y me encontré con su cara mirándome a mi; coreográficamente nos pusimos a reír. “Resulta que el 4 de octubre”, continúo el oficial, “los encargados del registro civil previo a su matrimonio sospecharon de ustedes porque”, agárrense de las manos, “no tuvieron suficiente contacto visual”. Nuestra risa se convirtió en algarabía cuando le dijimos al oficial que posiblemente era porque pedimos el matrimonio más barato, más simple y más rápido. Entonces, nos convencemos ahora, para que el verdadero amor sea válido tenía que ser caro, majestuoso y lento como lo dice el horrendo librito Wedding Planner que te proporcionan en el registro civil, y en donde las huachafas ceremonias no descienden de las 10 mil libras.

Al comprobar que vivíamos juntos desde hace más de tres años, que teníamos cosas mancomunadas como cuentas bancarias, recibos de luz, agua e internet, y que hasta Isabel había cambiado su nombre en algunos de sus documentos, el ahora muy agradable policía selló mi pasaporte y me lo entregó con una sonrisa quejona diciendo:

“Si así están las cosas, deberían verme cómo mi esposa y yo nos miramos. Hace rato nos hubieran deportado”.

Recuerda

enero 5, 2012

Cerrar con doble llave la puerta de tu casa y la puerta del pasaje.

Revisar el gas, la plancha y la terma antes de salir, y mirar –dos o más veces si puedes- si algún imbécil te sigue antes de entrar.

Apagar la tele antes de quedarte dormida y poner tus lentes en la mesa de noche y no en la cama; no queremos que camines ciega y solita por tu casa.

Preguntar, cuando toquen el timbre, qué michi quieren antes de averiguarlo cuando la puerta esté abierta.

No distraerte pensando en dinero; bien sabes que ahí la tranquilidad no está ni estará nunca.

Seguir coleccionando angelitos.

Seguir enmarcando las fotos de la gente que te quiere.

Que ser payasa no se te nota por la nariz sino por el corazón.

Agarrar la pistola y matar a todos tus prejuicios. Nadie los va a extrañar.

Enterarte, aunque te ponga de mal humor, sobre política. Así cuando sea época de elecciones preguntarás menos y te preguntarán más.

Hablar cuando la persona con quien hablas termine de hablar. Por algo tienes dos orejas y sólo una boca.

Enamorarte como una mujer de 25 porque 15 ya no tienes.

Que eres lo que la gente dice que eres.

Que te importe un comino –o todita la bolsa de curry- lo que la gente dice de ti.

Bailar cuando te dé la gana de bailar, no importa dónde. En lugar de vergüenza me pone muy contento.

Que si bien tus tres hijos no están cerca ahora, no hay día que no quisieran echarse contigo en tu cama para ver televisión.

Disfrutar cuando el sol calienta tu piel. No sabes cuándo vas a perder esa sensación tan simple.

Que estás bastante lejos del cliché de abuelita.

Tus lecciones de inglés. Empieza por el comienzo o por el final, no importa, pero empieza.

Perfeccionar tu talento mutante de invisibilidad ante la presencia de líos ajenos.

Que la soledad es un estado físico. Nada más.

Mirar los autos y no el semáforo antes de cruzar la pista.

Reírte a carcajadas aunque sea por cojudeces.

Escuchar la música que te gusta a todo volumen. Si te llaman por teléfono y es importante te volverán a llamar.

Que cuando lloras, lloramos los dos.

No perder tu toque culinario. Usa más tu cocina y menos el microondas.

Llamar siempre a tus nietos. Si no quieren hablar no importa, cuando estén grandes por indiferente no te van a acusar.

Que no pareces de tu edad. Más joven, si es que no agarraste el piropo.

Seguir las señales correctas en el aeropuerto cuando vengas a visitarnos. Si no sabes pregunta, la gente más amable está ahí.

Llamarme cuando me extrañes a pesar de que no te conteste.

Que eres, y sin candidatos colindantes para tamaño título, la persona más fuerte que conozco.

Que eres de putamadre, mamá.